La Leyenda De Los Voladores
Cuenta la tradición totonaca que hace muchos años una terrible sequía azotó las tierras del Totonacapan. Durante largo tiempo dejó de llover, los manantiales comenzaron a agotarse y las cosechas dejaron de producir. El hambre y la preocupación se extendieron entre las familias, que veían cómo la tierra perdía poco a poco su fertilidad. Una versión del origen mítico conservada por el INAH relata que aquella desgracia llegó cuando los hombres dejaron de agradecer a los dioses por lo que recibían.
Ante la desesperación del pueblo, un anciano sabio recibió durante un sueño un mensaje que le indicaba acudir al manantial. Al llegar, contempló en sus aguas la imagen del Sol, quien le reveló lo que debía hacerse para devolver la prosperidad a su gente.
El anciano debía escoger a cinco jóvenes puros de cuerpo y alma. Ellos tendrían la misión de elevarse hacia el cielo desde la copa de un gran árbol y establecer comunicación con las fuerzas divinas. Así, los jóvenes buscaron un árbol alto y fuerte que pudiera servir para realizar aquella ceremonia.
Antes de cortarlo se debía mostrar respeto al monte. Esta relación sagrada con la naturaleza continúa formando parte de la ceremonia: tradicionalmente se pide permiso a las divinidades o guardianes del bosque antes de derribar el árbol destinado a convertirse en el palo volador.
Llegado el momento señalado, los cinco jóvenes ascendieron hasta lo más alto. Uno de ellos permaneció en el centro y estableció la comunicación simbólica entre la tierra y el cielo, mientras los otros cuatro comenzaron su extraordinario descenso.
Atados con largas cuerdas, los cuatro jóvenes se lanzaron desde lo alto y comenzaron a girar alrededor del tronco, descendiendo lentamente como si fueran aves. Cada uno representaba una de las cuatro direcciones de la tierra, mientras desde lo alto el quinto participante dirigía el ritual.
Con su vuelo llevaban hacia las alturas la petición de todo el pueblo: que regresaran las lluvias, que la tierra recuperara su fertilidad y que nuevamente hubiera alimentos.
La ceremonia que se conserva actualmente mantiene muchos de esos significados. Cuatro voladores descienden alrededor del mástil mientras el quinto participante, conocido como caporal, permanece en la plataforma superior tocando una pequeña flauta y un tambor. Sus melodías están dedicadas al Sol, a los cuatro vientos y a los puntos cardinales.
De acuerdo con la tradición mítica recogida por el INAH, los cuatro jóvenes descendieron marcando las cuatro direcciones y sembraron simbólicamente la semilla que devolvería la felicidad al pueblo totonaca. Así habría nacido la Ceremonia Ritual de los Voladores.
Desde entonces, generación tras generación, el vuelo ha permanecido como una expresión de la relación entre el ser humano, la naturaleza y el mundo espiritual. Aunque suele conocerse internacionalmente como Voladores de Papantla, el ritual también es practicado por otros pueblos indígenas; su vínculo cultural más emblemático se encuentra en el Totonacapan veracruzano y en la región de Papantla y El Tajín.
En 2009, la UNESCO inscribió la Ceremonia Ritual de los Voladores en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo una tradición ancestral que continúa transmitiéndose entre generaciones.
Ante la desesperación del pueblo, un anciano sabio recibió durante un sueño un mensaje que le indicaba acudir al manantial. Al llegar, contempló en sus aguas la imagen del Sol, quien le reveló lo que debía hacerse para devolver la prosperidad a su gente.
El anciano debía escoger a cinco jóvenes puros de cuerpo y alma. Ellos tendrían la misión de elevarse hacia el cielo desde la copa de un gran árbol y establecer comunicación con las fuerzas divinas. Así, los jóvenes buscaron un árbol alto y fuerte que pudiera servir para realizar aquella ceremonia.
Antes de cortarlo se debía mostrar respeto al monte. Esta relación sagrada con la naturaleza continúa formando parte de la ceremonia: tradicionalmente se pide permiso a las divinidades o guardianes del bosque antes de derribar el árbol destinado a convertirse en el palo volador.
Llegado el momento señalado, los cinco jóvenes ascendieron hasta lo más alto. Uno de ellos permaneció en el centro y estableció la comunicación simbólica entre la tierra y el cielo, mientras los otros cuatro comenzaron su extraordinario descenso.
Atados con largas cuerdas, los cuatro jóvenes se lanzaron desde lo alto y comenzaron a girar alrededor del tronco, descendiendo lentamente como si fueran aves. Cada uno representaba una de las cuatro direcciones de la tierra, mientras desde lo alto el quinto participante dirigía el ritual.
Con su vuelo llevaban hacia las alturas la petición de todo el pueblo: que regresaran las lluvias, que la tierra recuperara su fertilidad y que nuevamente hubiera alimentos.
La ceremonia que se conserva actualmente mantiene muchos de esos significados. Cuatro voladores descienden alrededor del mástil mientras el quinto participante, conocido como caporal, permanece en la plataforma superior tocando una pequeña flauta y un tambor. Sus melodías están dedicadas al Sol, a los cuatro vientos y a los puntos cardinales.
De acuerdo con la tradición mítica recogida por el INAH, los cuatro jóvenes descendieron marcando las cuatro direcciones y sembraron simbólicamente la semilla que devolvería la felicidad al pueblo totonaca. Así habría nacido la Ceremonia Ritual de los Voladores.
Desde entonces, generación tras generación, el vuelo ha permanecido como una expresión de la relación entre el ser humano, la naturaleza y el mundo espiritual. Aunque suele conocerse internacionalmente como Voladores de Papantla, el ritual también es practicado por otros pueblos indígenas; su vínculo cultural más emblemático se encuentra en el Totonacapan veracruzano y en la región de Papantla y El Tajín.
En 2009, la UNESCO inscribió la Ceremonia Ritual de los Voladores en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo una tradición ancestral que continúa transmitiéndose entre generaciones.
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