La Leyenda del Cerro del Abuelo
El vigía eterno, que después del nacimiento de mi ciudad se vuelve el centro material de esta urbe petrolera. Afirmaban antiguos pobladores indígenas, según constatan algunos obreros petroleros, pioneros de la formación de Poza Rica, que por parte de la parte lateral oriente del cerro, vivía en una choza de tarros y palmas, un anciano de cabellos blancos, acompañado solamente de su esposa, los dos de raza totonaca, autóctonos de esta región. La choza estaba en las faldas del cerro; no hubiera sido posible en la cima, como muchos han narrado de este suceso.
El matrimonio vivía de las gallinas que habían criado, en un terreno pequeño, en donde él, junto con su mujer sembraban yuca, maíz, yerbabuena, frijol, chile, jícama, camote, etc.; tenían una burra que les ayudaba en los quehaceres cotidianos. Se proveían de agua de un pozo artesiano (hoy desaparecido) que manos indígenas lo habían excavado, cerca de donde está actualmente la escuela primaria Concepción Fuente. El bajaba a vender sus mercaderías naturales a distintas chozas esparcidas en lo que se llama Km. 56 (hoy Poza Rica) y Km. 52 (hoy Col. M. Ávila Camacho). -A lo lejos brillaba su cabeza blanca¡Ahí va el abuelo! ¡El del cerro!- ¡gritaban!... Con sus piernas largas, colgando a los lados de la montura, transitaba, en su burra. Feliz por sus lugares. De tez morena, anchas espaldas, rostro apacible, ojos vivaces, mirada bienhechora; gozaba de su recorrido por esos caminos desgastados, abiertos por el paso infatigable del hombre. Cuando carecía de productos de suma importancia para su hogar: sal, jabón, azúcar, pan, velas de cera, café, etc... Comestibles traídos de Papantla y Coatzintla pueblos fructíferos en esa época (1930), se trasladaba acompañado de su burra por los cerros en la parte Este, trotaba varias leguas, para llegar a Poza de Cuero (hoy Col. M. Ávila Camacho) allí comerciaba, vendiendo sus productos y comprando lo necesario para sus necesidades.
Cuando llegaron los obreros (1932) al Km. 56 provenientes de Palma Sola, para iniciar las magnas perforaciones, solo se sorprendió con las descargas de los instrumentos y maquinaria, así como del bullicio y del número de personas. ¿Qué pensó el abuelo de esas máquinas? ¿Y esos hombres inquietos, avezados que inundaron con la energía de sus brazos y sus fuertes voces, la tierra sagrada del petróleo? Desde lo alto del Cerro allá los vio, muy lejos, los separaba el tiempo, con una esperanza distinta, el grupo que llegaba y él, cada quien con un vértice diferente, espiritual y materialmente. No tuvo temor, ni angustia, su visión de comprender y admirar la naturaleza y vivir de ella lo hizo contactar con algunos de esos hombres pioneros que incesantemente abrían la tierra. Una tarde calurosa bajó sin su burra a platicar con ellos, allí supo de los trabajadores a realizar, su rostro senil, lleno de arrugas, sus ojos negros alegres miraron de frente, sorprendidos, el quehacer, para herir a la tierra; ensordeció con el ruido incesante que hacían los tubos al penetrar la tierra, se conmovió cuando escucho las voces altisonantes en su labor de sol y sudor, se alegró cuando vio correr el pequeño tren cargado de obreros, de tubos y fierros para perforar los pozos; allá se perdía ese traquetear del hierro sobre los durmientes, entre matorrales y árboles, con el silbato estridente anunciando su presencia. No se atemorizó, al contrario, esos ríos de gente que llegaban, lo acompañaban en esa soledad agreste que era muy suya pero que ahora la compartía. Al vivir en aquel cerro, amaba lo que le rodeaba; sin odios sin egoísmos, solo su admiración por el cambio tan rápido. Había noches de luna, hermosas, claras, sin embargo cuando reinaba la oscuridad, los mechones (quemadores) dejaban una claridad rojiza, las veredas relucientes se podían transitar fácilmente.
Avanzaba la transformación y la búsqueda del hombre. Se habían acostumbrado y deleitado con el silencio, y la luz y las sombras del crepúsculo. Sin embargo todo cambió, se encontró con un pueblo que crecía pero no se inmutó. Él se comunicó con todos aquellos, quería saber todo lo que sucedía y pasaba, ¿Por qué esa constancia de esos hombres que herían la tierra? ¿Qué no bastaba con esa tarea los que habían llegado? ¿Por qué en poco tiempo el número de obreros se había multiplicado? ¿Por qué esa prisa por abrir el suelo? Y esas máquinas enormes, obedientes para sacar el petróleo de la tierra, que a él solo le servía para sembrar sus vegetales y alimentarse como deseaba. Sus ojos vivaces siempre siguieron el cambio de estos lugares, que el amaba en todo su esplendor y grandeza su ropa blanca y limpia, símbolo de la raza totonaca se realzaba más con sus canas que resplandecían con el sol, allá en lo alto del cerro, ícono y vigía de Poza Rica. Allí vivió porque consideró que era el mejor lugar, en la soledad, con su mujer que en todo le servía y le ayudaba. Los que le conocieron y cruzaron palabras, nunca supieron de algún reclamo ni de alguna petición ni nunca se supo de donde vino, y el porqué, de su permanencia, en ese abierto y enorme lugar. Aumento la población y la mayor parte de ella, conoció el lugar como el “CERRO DEL ABUELO”. De repente en un invierno crudo, nos narran pioneros de la industria petrolera, desapareció, no se le volvió a encontrar; todos preguntaban por él y su mujer, otros visitaron su choza, nadie, por ese lugar. Algunos moradores que se iniciaban a poblar ese lugar, que le conocieron, tampoco dieron razón de su desaparición, ¡No lo hemos visto! ¡De pronto se fue! Decían. Han pasado los años, lo seguimos recordando, su ser se ha vuelto leyenda, este suceso ha penetrado por todos los rincones de esta ciudad petrolera.
El vigía perenne, llevaba el nombre de quien por vez primera lo habitó, lo contempló con amor. Esta tierra pródiga, él, que imaginó y se ilusionó al verla crecer, y día con día transformarse. No se consternó, ni sufrió, acepto el cambio, pero entristeció cuando vio caer los enormes árboles y aletear desesperadamente los pájaros al quedarse sin sus nidos, observó con impotencia la muerte de los peces, al transformarse los arroyos cristalinos en pútridas aguas llenas de petróleo. Admiró el bullicio de los obreros, el transitar de las máquinas. Quizás a solas en ese enorme cerro, en contacto con la inmensidad del infinito, su alma se agrandó, por eso su comprensión, su mirada bienhechora y las dulces palabras para comunicarse. Allí está su nombre grabado por el tiempo, que le dieron los primeros hombres que habitaron este lugar, allí quedó para la eternidad, nuestro “CERRO DEL ABUELO”.
El matrimonio vivía de las gallinas que habían criado, en un terreno pequeño, en donde él, junto con su mujer sembraban yuca, maíz, yerbabuena, frijol, chile, jícama, camote, etc.; tenían una burra que les ayudaba en los quehaceres cotidianos. Se proveían de agua de un pozo artesiano (hoy desaparecido) que manos indígenas lo habían excavado, cerca de donde está actualmente la escuela primaria Concepción Fuente. El bajaba a vender sus mercaderías naturales a distintas chozas esparcidas en lo que se llama Km. 56 (hoy Poza Rica) y Km. 52 (hoy Col. M. Ávila Camacho). -A lo lejos brillaba su cabeza blanca¡Ahí va el abuelo! ¡El del cerro!- ¡gritaban!... Con sus piernas largas, colgando a los lados de la montura, transitaba, en su burra. Feliz por sus lugares. De tez morena, anchas espaldas, rostro apacible, ojos vivaces, mirada bienhechora; gozaba de su recorrido por esos caminos desgastados, abiertos por el paso infatigable del hombre. Cuando carecía de productos de suma importancia para su hogar: sal, jabón, azúcar, pan, velas de cera, café, etc... Comestibles traídos de Papantla y Coatzintla pueblos fructíferos en esa época (1930), se trasladaba acompañado de su burra por los cerros en la parte Este, trotaba varias leguas, para llegar a Poza de Cuero (hoy Col. M. Ávila Camacho) allí comerciaba, vendiendo sus productos y comprando lo necesario para sus necesidades.
Cuando llegaron los obreros (1932) al Km. 56 provenientes de Palma Sola, para iniciar las magnas perforaciones, solo se sorprendió con las descargas de los instrumentos y maquinaria, así como del bullicio y del número de personas. ¿Qué pensó el abuelo de esas máquinas? ¿Y esos hombres inquietos, avezados que inundaron con la energía de sus brazos y sus fuertes voces, la tierra sagrada del petróleo? Desde lo alto del Cerro allá los vio, muy lejos, los separaba el tiempo, con una esperanza distinta, el grupo que llegaba y él, cada quien con un vértice diferente, espiritual y materialmente. No tuvo temor, ni angustia, su visión de comprender y admirar la naturaleza y vivir de ella lo hizo contactar con algunos de esos hombres pioneros que incesantemente abrían la tierra. Una tarde calurosa bajó sin su burra a platicar con ellos, allí supo de los trabajadores a realizar, su rostro senil, lleno de arrugas, sus ojos negros alegres miraron de frente, sorprendidos, el quehacer, para herir a la tierra; ensordeció con el ruido incesante que hacían los tubos al penetrar la tierra, se conmovió cuando escucho las voces altisonantes en su labor de sol y sudor, se alegró cuando vio correr el pequeño tren cargado de obreros, de tubos y fierros para perforar los pozos; allá se perdía ese traquetear del hierro sobre los durmientes, entre matorrales y árboles, con el silbato estridente anunciando su presencia. No se atemorizó, al contrario, esos ríos de gente que llegaban, lo acompañaban en esa soledad agreste que era muy suya pero que ahora la compartía. Al vivir en aquel cerro, amaba lo que le rodeaba; sin odios sin egoísmos, solo su admiración por el cambio tan rápido. Había noches de luna, hermosas, claras, sin embargo cuando reinaba la oscuridad, los mechones (quemadores) dejaban una claridad rojiza, las veredas relucientes se podían transitar fácilmente.
Avanzaba la transformación y la búsqueda del hombre. Se habían acostumbrado y deleitado con el silencio, y la luz y las sombras del crepúsculo. Sin embargo todo cambió, se encontró con un pueblo que crecía pero no se inmutó. Él se comunicó con todos aquellos, quería saber todo lo que sucedía y pasaba, ¿Por qué esa constancia de esos hombres que herían la tierra? ¿Qué no bastaba con esa tarea los que habían llegado? ¿Por qué en poco tiempo el número de obreros se había multiplicado? ¿Por qué esa prisa por abrir el suelo? Y esas máquinas enormes, obedientes para sacar el petróleo de la tierra, que a él solo le servía para sembrar sus vegetales y alimentarse como deseaba. Sus ojos vivaces siempre siguieron el cambio de estos lugares, que el amaba en todo su esplendor y grandeza su ropa blanca y limpia, símbolo de la raza totonaca se realzaba más con sus canas que resplandecían con el sol, allá en lo alto del cerro, ícono y vigía de Poza Rica. Allí vivió porque consideró que era el mejor lugar, en la soledad, con su mujer que en todo le servía y le ayudaba. Los que le conocieron y cruzaron palabras, nunca supieron de algún reclamo ni de alguna petición ni nunca se supo de donde vino, y el porqué, de su permanencia, en ese abierto y enorme lugar. Aumento la población y la mayor parte de ella, conoció el lugar como el “CERRO DEL ABUELO”. De repente en un invierno crudo, nos narran pioneros de la industria petrolera, desapareció, no se le volvió a encontrar; todos preguntaban por él y su mujer, otros visitaron su choza, nadie, por ese lugar. Algunos moradores que se iniciaban a poblar ese lugar, que le conocieron, tampoco dieron razón de su desaparición, ¡No lo hemos visto! ¡De pronto se fue! Decían. Han pasado los años, lo seguimos recordando, su ser se ha vuelto leyenda, este suceso ha penetrado por todos los rincones de esta ciudad petrolera.
El vigía perenne, llevaba el nombre de quien por vez primera lo habitó, lo contempló con amor. Esta tierra pródiga, él, que imaginó y se ilusionó al verla crecer, y día con día transformarse. No se consternó, ni sufrió, acepto el cambio, pero entristeció cuando vio caer los enormes árboles y aletear desesperadamente los pájaros al quedarse sin sus nidos, observó con impotencia la muerte de los peces, al transformarse los arroyos cristalinos en pútridas aguas llenas de petróleo. Admiró el bullicio de los obreros, el transitar de las máquinas. Quizás a solas en ese enorme cerro, en contacto con la inmensidad del infinito, su alma se agrandó, por eso su comprensión, su mirada bienhechora y las dulces palabras para comunicarse. Allí está su nombre grabado por el tiempo, que le dieron los primeros hombres que habitaron este lugar, allí quedó para la eternidad, nuestro “CERRO DEL ABUELO”.
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