La Princesa y los Líceres
Entre las tradiciones más antiguas de Santiago Tuxtla se encuentra la de Los Líceres, personajes que durante junio recorren las calles vestidos con trajes que representan la piel de grandes felinos. Detrás de esta celebración existen distintas explicaciones y relatos, pero el Inventario de Patrimonio Cultural Inmaterial de Veracruz conserva una versión particularmente interesante: la historia de una princesa que fue raptada y llevada al monte, donde los líceres impedían que alguien pudiera acercarse a rescatarla.
Cuenta la leyenda que, en tiempos antiguos, cuando los alrededores de Santiago Tuxtla estaban cubiertos por una vegetación mucho más extensa y los caminos se internaban entre montes y selvas, vivía una princesa cuya presencia era apreciada por su pueblo.
Un día, la joven desapareció.
La noticia recorrió rápidamente la comunidad. Según la tradición, la princesa había sido robada y llevada hacia el monte, lejos de las viviendas y de los caminos frecuentados por los habitantes.
Quienes salieron en su búsqueda tuvieron que adentrarse en un territorio dominado por la vegetación y por los grandes felinos que antiguamente habitaban abundantemente la región de Los Tuxtlas.
Pero llegar hasta la princesa no sería sencillo.
Alrededor del lugar donde permanecía cautiva aparecieron unas criaturas a las que la tradición terminó llamando líceres. El relato recogido por la Secretaría de Cultura de Veracruz explica que se hablaba de “linces o líceres”, aunque aclara que esta denominación procede de una interpretación equivocada, pues los animales propios de aquellas historias serían en realidad tigrillos y jaguares.
Los felinos vigilaban el monte.
Cada vez que alguien intentaba acercarse al sitio donde se encontraba la princesa, aquellos guardianes aparecían para impedirle continuar.
Sus movimientos eran rápidos.
Se desplazaban agazapados entre la vegetación y sus bramidos podían escucharse antes de que alguien lograra distinguirlos entre las sombras.
Los habitantes comprendieron que para recuperar a la joven tendrían que enfrentarse primero a los guardianes que la mantenían aislada.
Así comenzó la búsqueda.
Los hombres avanzaron por el monte intentando encontrar un camino que les permitiera aproximarse. Frente a ellos aparecían una y otra vez los líceres, defendiendo el lugar y obligándolos a retroceder.
La historia tradicional conservada actualmente no proporciona los nombres de quienes participaron en el rescate ni describe cada uno de los enfrentamientos. Tampoco identifica por nombre a la princesa. Lo que sí conserva es el elemento fundamental del relato: la princesa permaneció cautiva en el monte, protegida por aquellos felinos, hasta que finalmente pudo ser rescatada.
Cuando los habitantes consiguieron superar a los guardianes y llegar hasta ella, la joven pudo regresar con su pueblo.
Pero el recuerdo de aquellos animales no desapareció.
Con el paso del tiempo, la historia comenzó a representarse.
Los habitantes adoptaron la apariencia de los felinos. Cubrieron sus cuerpos con prendas que imitaban sus pieles, realizaron movimientos semejantes a los del jaguar y comenzaron a producir fuertes bramidos.
Así, aquello que alguna vez perteneció al mundo de la leyenda terminó formando parte de una de las manifestaciones culturales más características de Santiago Tuxtla.
Actualmente los participantes utilizan un traje conocido tradicionalmente como “cuero”, acompañado por una capucha denominada “moco”. Los diseños recuerdan las manchas de los grandes felinos y quienes los portan recorren las calles agazapándose, bramando, persiguiendo simbólicamente a sus “presas” y cargándolas antes de hacerlas girar.
La celebración se realiza principalmente durante junio, vinculada actualmente con las festividades de San Antonio, San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. El propio Ayuntamiento de Santiago Tuxtla reconoce a Los Líceres como una de las tradiciones más antiguas y arraigadas del municipio.
Sin embargo, la historia de la princesa es solamente una de las explicaciones tradicionales sobre el origen de Los Líceres.
Existe otra versión muy extendida según la cual los antiguos habitantes se cubrían con pieles de jaguar para defenderse de los malhechores, imitando los bramidos y movimientos del animal para intimidarlos. Esta es precisamente la versión que actualmente difunde el Ayuntamiento de Santiago Tuxtla.
También existen interpretaciones relacionadas con antiguos simbolismos del jaguar, el maíz, la lluvia y la fertilidad, lo que demuestra que la tradición ha acumulado diferentes relatos a través del tiempo.
Pero en la versión de La Princesa y los Líceres, la memoria popular conserva una imagen distinta:
una joven llevada hacia las profundidades del monte;
unos misteriosos felinos custodiando el lugar donde permanecía cautiva;
y un pueblo decidido a atravesar la selva para recuperarla.
Finalmente, la princesa fue rescatada, pero aquellos guardianes permanecieron en la memoria colectiva.
Desde entonces, cada vez que llega junio y los bramidos vuelven a escucharse por las calles de Santiago Tuxtla, los Líceres parecen abandonar nuevamente el monte.
Corren.
Acechan.
Persiguen a quienes encuentran a su paso.
Y durante unos instantes, una antigua historia vuelve a cobrar vida, recordando aquella época legendaria en la que una princesa permaneció cautiva entre los montes de Los Tuxtlas y tuvo que ser rescatada de los misteriosos guardianes felinos que impedían acercarse hasta ella.
Cuenta la leyenda que, en tiempos antiguos, cuando los alrededores de Santiago Tuxtla estaban cubiertos por una vegetación mucho más extensa y los caminos se internaban entre montes y selvas, vivía una princesa cuya presencia era apreciada por su pueblo.
Un día, la joven desapareció.
La noticia recorrió rápidamente la comunidad. Según la tradición, la princesa había sido robada y llevada hacia el monte, lejos de las viviendas y de los caminos frecuentados por los habitantes.
Quienes salieron en su búsqueda tuvieron que adentrarse en un territorio dominado por la vegetación y por los grandes felinos que antiguamente habitaban abundantemente la región de Los Tuxtlas.
Pero llegar hasta la princesa no sería sencillo.
Alrededor del lugar donde permanecía cautiva aparecieron unas criaturas a las que la tradición terminó llamando líceres. El relato recogido por la Secretaría de Cultura de Veracruz explica que se hablaba de “linces o líceres”, aunque aclara que esta denominación procede de una interpretación equivocada, pues los animales propios de aquellas historias serían en realidad tigrillos y jaguares.
Los felinos vigilaban el monte.
Cada vez que alguien intentaba acercarse al sitio donde se encontraba la princesa, aquellos guardianes aparecían para impedirle continuar.
Sus movimientos eran rápidos.
Se desplazaban agazapados entre la vegetación y sus bramidos podían escucharse antes de que alguien lograra distinguirlos entre las sombras.
Los habitantes comprendieron que para recuperar a la joven tendrían que enfrentarse primero a los guardianes que la mantenían aislada.
Así comenzó la búsqueda.
Los hombres avanzaron por el monte intentando encontrar un camino que les permitiera aproximarse. Frente a ellos aparecían una y otra vez los líceres, defendiendo el lugar y obligándolos a retroceder.
La historia tradicional conservada actualmente no proporciona los nombres de quienes participaron en el rescate ni describe cada uno de los enfrentamientos. Tampoco identifica por nombre a la princesa. Lo que sí conserva es el elemento fundamental del relato: la princesa permaneció cautiva en el monte, protegida por aquellos felinos, hasta que finalmente pudo ser rescatada.
Cuando los habitantes consiguieron superar a los guardianes y llegar hasta ella, la joven pudo regresar con su pueblo.
Pero el recuerdo de aquellos animales no desapareció.
Con el paso del tiempo, la historia comenzó a representarse.
Los habitantes adoptaron la apariencia de los felinos. Cubrieron sus cuerpos con prendas que imitaban sus pieles, realizaron movimientos semejantes a los del jaguar y comenzaron a producir fuertes bramidos.
Así, aquello que alguna vez perteneció al mundo de la leyenda terminó formando parte de una de las manifestaciones culturales más características de Santiago Tuxtla.
Actualmente los participantes utilizan un traje conocido tradicionalmente como “cuero”, acompañado por una capucha denominada “moco”. Los diseños recuerdan las manchas de los grandes felinos y quienes los portan recorren las calles agazapándose, bramando, persiguiendo simbólicamente a sus “presas” y cargándolas antes de hacerlas girar.
La celebración se realiza principalmente durante junio, vinculada actualmente con las festividades de San Antonio, San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. El propio Ayuntamiento de Santiago Tuxtla reconoce a Los Líceres como una de las tradiciones más antiguas y arraigadas del municipio.
Sin embargo, la historia de la princesa es solamente una de las explicaciones tradicionales sobre el origen de Los Líceres.
Existe otra versión muy extendida según la cual los antiguos habitantes se cubrían con pieles de jaguar para defenderse de los malhechores, imitando los bramidos y movimientos del animal para intimidarlos. Esta es precisamente la versión que actualmente difunde el Ayuntamiento de Santiago Tuxtla.
También existen interpretaciones relacionadas con antiguos simbolismos del jaguar, el maíz, la lluvia y la fertilidad, lo que demuestra que la tradición ha acumulado diferentes relatos a través del tiempo.
Pero en la versión de La Princesa y los Líceres, la memoria popular conserva una imagen distinta:
una joven llevada hacia las profundidades del monte;
unos misteriosos felinos custodiando el lugar donde permanecía cautiva;
y un pueblo decidido a atravesar la selva para recuperarla.
Finalmente, la princesa fue rescatada, pero aquellos guardianes permanecieron en la memoria colectiva.
Desde entonces, cada vez que llega junio y los bramidos vuelven a escucharse por las calles de Santiago Tuxtla, los Líceres parecen abandonar nuevamente el monte.
Corren.
Acechan.
Persiguen a quienes encuentran a su paso.
Y durante unos instantes, una antigua historia vuelve a cobrar vida, recordando aquella época legendaria en la que una princesa permaneció cautiva entre los montes de Los Tuxtlas y tuvo que ser rescatada de los misteriosos guardianes felinos que impedían acercarse hasta ella.
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